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Producir libros académicos, es decir, obras destinadas a contribuir con el proceso de aprendizaje y difusión de conocimiento que se da en la academia, es trabajar con un mercado cautivo pero altamente exigente. Cautivo, porque el estudiantado necesita acceder a la información científica específica de sus carreras profesionales, pero altamente exigente porque la información que contienen estas obras se encuentra bajo la norma de la producción científica, que exige originalidad, veracidad, sistematicidad, además de una presentación que cumpla con la didáctica.
Carlos Delgado Flores en un estudio publicado en la revista SUMMA de junio del 2005 afirma que “...la contribución del sector universitario venezolano a la industria editorial supera el promedio latinoamericano en número de títulos pero nadie lo nota por lo pequeño de los tirajes y por la carencia de políticas adecuadas de distribución”. El mercado se encuentra allí, demandando un texto adecuado a las realidades y necesidades particulares del país que incluyen costos solidarios e innovación en los sistemas de distribución. Sin embargo se siguen importando libros de texto para áreas que han superado la etapa de dependencia del conocimiento y poseen su propia producción.
La elaboración de libros de texto debe atender primeramente a las áreas de conocimiento que se desarrollan en las instituciones académicas. Un estudio de la situación del nivel de satisfacción de estas necesidades es básico. A partir de allí se desarrollarían las políticas editoriales, ubicando autores, reeditando y actualizando obras existentes pero mal distribuidas, utilizando las plataformas de tecnologías de información de las instituciones para dinamizar la difusión, intercambio y nuevos modelos de distribución.
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